última actualización:  4/12/5

 

 

 


el mundo es truchi

230 pags.

2003

7$

¿Dónde conseguirlo?
recíbalo en su casa
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comunicarse con strucchi

 

19/12/2001

 

REVOLUCIÓN

 

       Estaba hecho mierda, venía de un día atrás de otro dándole a la cerveza. Llega un punto en que el hígado dice basta y te pega una bofetada y te deja sin fuerzas. Ya se habían ido todos y era bastante temprano, no ocurría generalmente eso, pero ese miércoles ocurrió. Me metí adentro de las sábanas a las 11 de la noche. El corazón me latía fuerte, los ojos se me cerraban y no podía conciliar el sueño. Trataba de pensar en mí y en todo lo que me rodeaba como para poder encarar mejor las cosas y funcionar óptimamente. Dejar de tomar cerveza, aunque sea por algunas semanas podría darme un buen empujón, así podría levantarme más temprano y en mejor condición para poder trabajar responsablemente y obtener ganancias que me deparen un mejor destino. En la teoría todo funcionaba a la perfección, pero luego, en la práctica no lo cumplía.

Uno de los problemas era el descreimiento que tenía de todo lo que provenía de parte del estado. A base de diez o veinte, o quién sabe cuantos años el estado se había ido encargando de que deje de creer en sus políticas. Dejé de pagar la jubilación en cuanto me llegó mi primer resumen. De los 1200 euros que había aportado fehacientemente, mi saldo decía 290. ¿El resto? Gatos administrativos, comisiones, fondo nacional para las ART, impuesto al incentivo para la comisión de infraestructura y hacienda del sistema de reparto y que se yo que otras mierdas, llamé para quejarme y todo era correcto. La AFJP cumplía con todas las reglas de la ley. Consecuencia: un aportante menos y un futuro de retiro negado. Hace 8 meses que no aportaba, y la caída de mi nivel económico había sido abrupta, ahora me era realmente imposible seguir aportando.

     Eso nada importaba, ahora estaba ahí, intentando dormir en una habitación prestada. A punto de conciliar el sueño empecé a escuchar un pequeño rumor en el barrio. Clinchi, clinchi, clinchi, clinchi. Conocía el sonido, era sonido de cacerolas golpeando unas contra otras. El barrio nuevamente estaba protestando por alguna cosa que, como no había escuchado noticias, no sabía cual era. Ya se va a terminar... pensé, y me quedé un rato más intentando conciliar el sueño. Pero el ruido no mermaba sino que se incrementaba, y mis pensamientos tampoco mermaban y la cabeza me giraba y cada minuto que pasaba me despabilaba más.

Me consideraba un ser pensante y combativo, pero esa noche estaba cansado. Hacía una semana, con un par de amigos, habíamos salido a la calle para protestar contra el rumbo de la economía, y habíamos logrado hacer salir al cincuenta por ciento de los vecinos de la cuadra, luego había publicado un mensaje en indymedia en donde invitaba a salir a los ciudadanos todos los miércoles a las 20, pero a las 20 del miércoles siguiente no había salido nadie. Ahora eran eran las 10 y pico de la noche y el rumor de cacerolas se sostenía por mucho más tiempo del habíamos logrado la semana pasada, igualmente intenté seguir durmiendo. Me di cuenta que era imposible, despertó en mí un sentimiento de pasión popular que fue imposible apagar. Me levanté, me vestí, y salí hacia la esquina con una tapa de olla y una cuchara. Caminando hacia Lacroze el rumor se hacía cada vez más fuerte, y en su cruce con Alvarez Thomas había alrededor de 200 personas cortando la calle con bolsas de residuos encendidas. Cada auto que pasaba hacía vivar sus bocinas y la gente respondía con golpes de cacerolas y gritos. Me fui de ese pequeño grupo caminando por Lacroze hacia Cabildo, y cada tres o cuatro cuadras me encontraba con un nuevo corte con una cantidad similar de personas. El mayor estaba en Conde y Federico Lacroze, me quedé allí alrededor de media hora y noté que la gente se empezó a retirar, por lo que yo también me retiré. Volviendo hacia casa me cruzo con el corte en Álvarez Thomas, y un joven me cuenta que la gente se está movilizando hacia el Congreso de la Nación. Entonces volví a casa, ya con la tapa de mi cacerola destruida. Agarré un bongó y un palito de batería que había en el suelo.

Me metí dentro del auto y fui para la plaza. Enfilé por la avenida Corrientes y a medida que avanzaba cada vez más y más gente iba caminando hacia el centro. Llegó un punto en que era imposible avanzar, debido a la cantidad de gente que ocupaba las calles, todavía faltaban algunas cuadras hasta Callao. Estacioné por cualquier lado y bajé con mi bongó pegándole con el palito de batería.

Cheeee boludo, cheeee boludo, el éstado de sitio, se lo meten en el culo.

Realmente me importaba un carajo el estado de sitio. Yo creía que era un instrumento obsoleto de la época de los militares para mantener amedrentada a las masas. Pero después de 20 años parecía ridículo que un gobierno insista con eso. A los miles de individuos que habían en la plaza también les había parecido ridículo y ahora estábamos todos ahí gritando y bailando en contra del gobierno.

OOOOO, que se vayan todos, que no quede, ni uno solo.

Tenía una alegría tan grande que se me desbordaba por la sonrisa y los brazos en alto, la compartía con todas las personas que se me cruzaban por el camino. En eso me encontré con el vendedor de artículos importados de mi trabajo. Nos abrazamos estúpidamente. No nos dijimos nada, pero intuíamos que de ahí en más tendríamos algo en común. La plaza desbordaba. La gente golpeaba su cacerola pensando que de ahí en más todas las cosas serían distintas. Yo le daba al bongó. Tanto tiempo de sufrimiento. Tanto tiempo. Tantos jubilados muertos. Tantos. ¿Tánta mentira tuvo que mostrarse para que surja la verdad? Diez años viviendo en el limbo. Y tan fácil era todo. Sólo era juntarse de esta manera para que todo cambie. Era vivir la fiesta de que mañana no será igual. Subí por las escalinatas del Congreso y caminé entre la puerta y los manifestantes. Un cordón de policías colocados a medio metro unos de otros resguardaban la seguridad de la institución. Se mostraban tranquilos y sonrientes. Yo caminaba con mis brazos en alto cantándoles directamente a la cara. Los tipos permanecían en silencio resignados. Esto es la democracia, pensé por primera vez. El pueblo en las calles exigiendo una conducta de sus representantes. Luego me sentí solo entre los ratis y decidí mezclarme entre la gente. Bajé las escalinatas del Congreso elevando el bongó en mi mano izquierda. El palito de la batería se me había roto y golpearlo con las manos me estaba produciendo dolor. Caminé hacia la fuente y me mezclé con una murga de alrededor de diez integrantes. Intenté bailar el clásico pasito murguero, de pendejo me salía a la perfección, pero ya a los 30 años las articulaciones se iban endureciendo y ahora me sentía como Jaime, el robot del agente 86. Igualmente, como me importaba muy poco el qué dirán seguí intentando, le encontré una variante, que no era revolear la pierna cual si fuese una culebra viva sino irlas cruzando con saltitos buscando la sincronización, al cabo de unos minutos me salía bien. Le puse un poco más de énfasis y ahora sí. Estaba bailando murga como correspondía. Eso por lo menos era lo que creía, hasta que se me prendió a bailar conmigo una minita que me daba tres vueltas. El cigarrillo empezó a hacer efecto en mi respiración y tuve que dejar de bailar. Hablé unas palabras con la chica, bastante linda por cierto, pero no era en clima de levante que me había dirigido allí, y así como llegué me fui.  Bajé las escaleras hacia la plaza y me senté en el cordón de la vereda de Callao. Había un sector de unos 50 metros en que no había casi gente. 4 jóvenes estaban saltando sobre el techo de una parada de colectivos, me entretuve en observarlos mientras recuperaba de a poco mi condición. Pensaba en el acto que estaba ocurriendo. Gente en las calles protestando por el desastre que estaban haciendo los gobernantes. Podía llegar a ser un día histórico, como el 25 de mayo quizás, aunque no. El 25 de Mayo estaba metido con San Martín adentro de un frasco, esto era otra cosa. Acá parecía ser todo menos serio. ¡El pueblo quiere saber de que se trata!, decían en aquella época unas 500 personas, o por lo menos eso me enseñaron. Ahora era distinto. Métanse el estado de sitio en el culo. Que se vayan todos. Y no eran 500 sino 20000 los que lo decían. Todo era ridículo. Todo era una gran mentira disfrazada de seriedad. Me acordé de nuestro Slogan en Giribone: No somos serios. Y me reí pensando en el enfermo de Arri. El siempre criticaba a la seriedad y ahora en la plaza le daba la razón. Miraba el Congreso de la Nación y parecía todo una pelotudez. Un edificio hermoso, sí, pero era una pelotudez. Lo ocupaban un montón de señores bien vestidos y se sentaban en asientos muy caros y votaban las leyes y debatían. En el clima de la más absoluta seriedad nos metían a toda la gente un dedo en el orto. Eran una manga de garkas. Pensaba que la seriedad estaba absolutamente ligada a la mierda. Se me ocurrió pensar en gente seria y copada y no se me ocurría ninguno. En Favaloro pensé, pero tampoco lo conocía como para saber si era un chabón copado. Por lo tanto dejé de pensar y me levanté para seguir paseando un poco. Señores con niños a caballito, ancianas de Barrio Norte con sus ollas Essen, Jóvenes murgueros de Almagro, amigas de Palermo Viejo. Todos parecían estar por ahí. Sentía que conocía a todo el mundo, cualquiera de los que pasaban podía ser pariente o amigo mío.

OOOOOOOO, que se vayan todos, que no quede ni uno solo.

Me sentía verdaderamente a gusto. No sabía muy bien hasta cuando es que nos teníamos que quedar. Era obvio que no iba a pasar nada. Era imposible que el presidente salga por el balcón y haga ningún anuncio, pero algo me decía que debía permanecer en el plaza hasta un nuevo aviso. Ese algo era placer. ¿Por qué me iba a ir de la plaza si la estaba pasando bien? Realmente me llenaban de sonrisa las manifestaciones populares, cuando sentía que mi pensamiento coincidía con el de mucha gente entraba en una contentura agradable.

       Eran las dos de la mañana y las personas, lejos de querer irse, seguían llegando. Cada vez más gente había en la plaza. Como si fuese una decisión pensada no comenzamos a trasladar lentamente hacia la plaza de Mayo, no sé por qué, pero de golpe todos empezamos a caminar. Cuando llegué al final de la plaza el aire se fue enrareciendo. Un olor a matafuego invadió mi nariz, me entraron a lagrimear los ojos. Me di cuenta lo que ocurría: Gases lacrimógenos. Me puse a respirar a través de la remera, pero era lo mismo y a pesar de que la gente seguía avanzando yo decidí irme a mi casa. Al día siguiente tenía que laburar y no tenía ganas de bancarme una represión policial. Volvía caminando tranquilo por Rivadavia cuando vi los móviles policiales yendo hacia Callao. Todos empezaron a correr y yo también hice lo mismo. Supuse que seguirían derecho, entonces doblé por Rodríguez Peña, y ya cansado, me puse a caminar de nuevo. En eso unos pendejos tiraron un par de piedras a un banco. Yo estaba aturdido, no sabía muy bien que hacer. Un patrullero dobló y yo me quedé contra la pared a esperar que pase, pero el patrullero venía con las ventanillas bajas disparando balas de goma y yo no tenía ganas de recibir ninguna. Corrí unos 30 metros a refugiarme en un puesto de diarios junto con unas 15 o 20 personas. Ahí agachado me pareció posible esperar que termine el quilombo. Pero el patrullero se detuvo y se bajaron cuatro canas sacados directamente con los palos a pegar a los que estábamos resguardados, alcancé a zafar de eso y doblé por Mitre hacia Callao, no hago ni diez metros que veo en la esquina hacia la que me dirigía, que otro patrullero estancado había desplegado a sus efectivos disparando hacia donde estábamos, me escondo justo enfrente del Centro cultural la Plaza, en una entrada de garage, veo que era una antiguo boliche que concurría de joven, La France. Hecho un bicho bolita en un rincón espero que pase el quilombo, pero no pasa nada, se queda ahí. Recibo un palazo en la espalda que me obliga a cambiar de posición. Apoyo las rodillas en el suelo y escondo la cabeza entre mis brazos y el portón, me doy cuenta que me quedó el culo parado al recibir una patada que me obliga a acostarme boca abajo. Pienso en levantar la cabeza para ver la situación, pero escucho un cana decir:

¡Mirando al suelo dije! Y luego darle de palos a alguien que estaba a un par de metros mío. Entonces me quedo con la nariz apoyada en la vereda y las manos en la nuca. ¡Piernas cruzadas dije! Le dicen justo al que está al lado mío, y cruzo las piernas inmediatamente. En eso me agarran de los pelos, me levantan y me dicen gritándome al oído:

¡A quién le dijiste tonto??!

Yo no respondo nada, pero igualmente me dan un palazo en la espalda y una patada en la cabeza que me golpea la nariz contra el suelo y me hace salir sangre. Ya voy entendiendo como es que suceden las cosas. Las piezas desordenadas se van ubicando a cachiporrazos con el rompecabezas y de a poco todo va retornando a la calma. Pienso en mi nariz y su sangre e intento levantar un ojo para comunicar mi pequeño desperfecto. Descubro que no son las piezas las que se ubican sino el rompecabezas el que lo hace, ya que me colocan en mi ángulo de dos efectivos palazos. A pesar de eso intento insistir, pero a metros mío escucho a alguien que dice:

    Oficial!! Mi compañero tiene epilepsia!!!

Después de eso escucho:

Poc! Ay, Poc, Poc, AY! AY!!! ¿Y con este que hacemos? Dejalo que se muera este epiléptico de mierda.

Creo que mi sangre en la nariz puede esperar.

    Ahora permanezco mirando el suelo y pensando, no mucho, apenas dejando pasar el tiempo de la mejor manera posible. Hay muchos movimientos. Gente que pasa y habla ¿Gente?

    Policías que pasan y hablan:

    Estos zurditos ya van a aprender a no hacer pelotudeces.

No entiendo mucho. Solamente pasan minutos y policías que dicen cosas feas. ¿Por qué mierda estoy acá? Evidentemente se trata de un error, pero los errores se solucionan y esto no parece tener solución. No importa. En algún momento esto dejará de pasar. Solo es cuestión de tiempo... y el tiempo pasa, no mucho, 10, 15, 20 minutos, imposibles de medir mirando una vereda. Por suerte ahora no pegan, por suerte...

Me agarran del pelo y me obligan a hacer un espinal. Yo cierro los ojos con fuerza esperando cualquiera. Zafo de que me den en la cara, pero me aciertan un buen palazo en el pulmón que ni lo siento.

    Arriba!!!!

Me levanto y miro la pared

Mirando la pared!!!!

Escucho que algunos no obedecen, lo sé, porque escucho como les pegan.

Luego, me hacen cruzar la calle y nos ubican a todos con las manos levantadas contra la pared. Seremos unos 20.

Piernas separadas, manos bien arriba, y a revisarnos.

Mi bongó permanece en medio de la calle, lo pude ver mientras cruzaba.

Estuvimos un rato todos ahí parados hasta que llegó el celular, luego nos metieron en fila india y recién ahí nos vimos las caras y pudimos hablarnos.

    Teníamos entre 20 y treinta años

¿Hay algún menor? Preguntó uno medio gordo con la remera llena de sangre.

Yo. Dijo el menor.

¿Alguno está lastimado? Todos estábamos lastimados en mayor o menor medida, pero ninguno de los ahí presentes supuso que sus lastimaduras eran de consideración, yo quedé justo al lado de la puerta. Miraba el bongó en medio de la calle, luego veo a un policía recogerlo, recordé que Sole lo había traído de Cuba.

Se consiguieron un regalito pa´ navidá. Me dice el que estaba en frente mío.

Je je (me río estúpidamente), Alguien nos cuenta y dice fuerte la cantidad y pide que la recordemos. Éramos 13 o 17, no me acuerdo. Otro dice que nos digamos los nombres, nos decimos los nombres, pero para mi era lo mismo que nada. Mi cerebro no funcionaba bien. Estaba bastante confundido. Después de unos minutos llegó una ambulancia y luego nos llevaron en el celular hacia la comisaría. Nos hicieron poner a todos en fila en un pasillo. Yo quedé segundo. Los minutos pasaban y las manos seguían en alto, lo que producía cierta molestia. Ya un poco menos rígidos empezamos a distendernos un poco, me aburrí y bajé las manos, y como nadie me dijo nada, me quedé así. El pibe que estaba adelante mío tenía ganas de ir al baño y me decía a mí despacito.

Me estoy meando.

Decile al policía, le respondí sin usar las cuadras vocales.

Ey!! Tengo que piyar. Dijo.

Ahora van a ir. Esperen.

A los 20 minutos hacen pasar al pibe a una pequeña pieza y a los 10 minutos después paso yo. Me sacan los cigarrillos y el encendedor, la billetera, el frente del stéreo y las llaves del auto. No tenía cordones ni cinturón. Luego me trasladan por un pasillo y me meten en un cuartucho de unos 3 metros por tres, con una especie de banco de cemento. El pibe que tenía ganas de mear está tirado en el banco y parece ya estar durmiendo. Yo me siento en el pedazo que deja libre y espero. No se ve un carajo, pero con el correr de los minutos mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad y empiezo a distinguir formas y colores. Hay unas cajas de cartón desarmadas en el suelo y un olor a meo horrible. La puerta es de fierro y tiene una ventanita de 10 centímetros por diez. Cada 15 minutos la abren y entra otro. Nos vamos presentando y ubicando en la pieza como podemos. El Pibe sigue durmiendo. Al cabo de un rato somos 7 y ahí dejan de entrar. Algunos se sientan sobre el cartón e intentan dormir, pero dudo que lo logren.

No pasa nada, ni siquiera minutos. Me duele el pulmón, pero creo que es del cigarrillo, no lo asocio con el golpe. Conversamos pelotudeces. Un par habían venido caminando desde Villa Urquiza, otro era de Caballito, uno trabajaba en un aserradero y le faltaba el dedo índice. El tiempo se hace largo, pero pasa. Cada 20 minutos ocurre “algo”, empiezan a llamarnos de a uno. Cada uno de los que vuelve cuenta lo que le hacen, pasan a una habitación donde hay una tele prendida con Crónica, y les toman las huellas dactilares. Todos coinciden en que afuera es un quilombo. A mí me llamaron cuarto o quinto. Salgo de la celda hasta un cuartito donde están cuatro o cinco policías mirando en la tele imágenes de la plaza de Mayo. Es un quilombo terrible, gente tirándole piedras a los ratis y los ratis respondiendo con gases y balas de goma. Solo se ven corridas y humo. Pero todo me parece televisivo. Ocurre lejos, no deja de ser un noticiero de la CNN. Me enchastran las manos con tinta y coloco las huellas de los 10 dedos en 5 papeles distintos. Veo que son las 4 y media. Luego vuelvo a la celda. Hay unos en otra celda que gritan. Piden un enfermero, un rati pasa al rato hacia el fondo, es que desde afuera no se escucha. Tuvimos que ponernos a gritar todos a la vez para que el chabón aparezca. Y todavía no sé si no habrá abierto la puerta del pasillo de casualidad. Después vuelven a llamarnos de a uno, pero ahora no vuelven. Todos los que quedamos empezamos a ponernos contentos y pensamos que nos están largando. Cuando me llaman a mí voy casí con gusto y me introducen en la misma habitación de antes. El bardo en la calle sigue. Un tipo con una planilla me pregunta si me duele algo y de sólo verle la cara creo que mi dolor es menor y no merece ser escuchado.  Igualmente le digo que el pulmón, aunque pienso que es del cigarrillo. Me dan ganas de fumar. Pero no me atrevo a pedir un faso. El tipo anota algo y me trasladan a otra celda. Ahí encuentro a los tres que habían llamado antes y a dos más. Uno tiene la mitad de la cabeza afeitada y una gran venda, en la otra mitad tiene dredloks de casi 50 centímetros de largo. El otro tiene 3 agujeros en el peinado, cada uno con un pequeño moñito blanco. Son los dos chabones que fue a buscar la ambulancia, el de las rastas se había desmayado, pero luego se recuperó y ahora ahí estaba, con 14 puntos. Cumpliendo con la ley.

Yo era uno de los menos afectados, la mayoría de los pibes te mostraban la espalda y era terrible. Uno medio gordo, que trabajaba en una farmacia, tenía 3 hendiduras sangrantes producidas por balazos de goma, sobre eso se notaban líneas rojas de más de 20 centímetros de largo, marcas de los cachiporrazos. Su madre trabajaba en el ministerio y estaba convencido que los canas iban a pagar por lo que le sucedió. Hoy, un año y medio después, todos están libres. Una causa, sí, basura. Pero el chabón repetía a nosotros que esto no podía quedar así. Todos los demás pensábamos que tenía razón. Pero los tipos que no nos dejaba ir no. Esta celda era más grande. Ahora empezaba a dar la luz y se podían leer los grafitis en las paredes. Muchas alabanzas a diferentes equipos de fútbol y varios dibujos de pijas y conchas. Me hizo acordar a la escuela secundaria. Varios grafitis hablaban en contra de la policía. Sobre el techo había escritas algunas frases con encendedor, parece que antes dejaban fumar. Doke Aguanta, era la que más se entendía. El olor a meo era insoportable. La celda tendría unos 7 metros de largo, con un banco de cemento, ahí se acomodaban unas 4 personas acostadas con las rodillas en alto y una o dos sentadas. Los demás se apoyaban contra las paredes laterales, la otra pared larga era la que servía de baño. Se veían los meos secos dibujando su parabólico recorrido.

 Cuando me llaman para firmar la declaración de arresto veo en un reloj que son las 6 y media de la mañana. Me siento en un escritorio y leo el escrito. Disturbios en la vía publica, desacato a la autoridad, resistencia al arresto, lo leo con desgano, apenas miro las letras, pero me quedo todo el tiempo que me demandaría leerlo si en verdad lo hiciera.

Esto no es verdad agente.

El tipo es rubio y de ojos celestes y comprimido. Parece estar nervioso, es como que la carne no le entra en la piel. Sus movimientos son rápidos y tiene los ojos medio rojos, al responderme aprieta los dientes y me mira mal.

-Primero- -soy oficial- -y segundo- -eso es verdad-

Pero yo no me resistí nunca al arresto.

-Que tenés- -un cascote en el mate?-

Apoya el índice en la declaración y sigue increpándome. -Vos tenés que firmar eso-, -Cascote-. Y sonríe.

¿Y que pasa si pongo apelo?

No le gustó mucho que le diga eso, entonces se calentó y se paró.

Vos podés poner lo que se te cante el culo. Pero no tiene ningún valor. Si no te gusta lo que dice esto, lo firmás y después te presentás en el juzgado y le decís al juez lo que te parece, pero acá firmás esto sin escribir boludeces. -Entendiste- -Cascote- CASCOTE-. Al decirme eso se me acercó al oído en gesto más que amenazante.

Me parecía cualquiera. Todo carecía de la más mínima lógica, pero así era. Burdo. Ridículo. Al estar viciado de tanta mentira me pareció tonto enfrentarme y decidí firmar la declaración.

Hacía diez años había quedado detenido una vez por estar conversando con un pibe que estaba en pedo y me habían caratulado de disturbios en la vía pública, había escrito apelo antes de la firma y los tipos me tuvieron por 20 horas, largaron al borracho y me dejaron a mí hasta que me retracté y firmé una nueva declaración sin el apelo.

Así me gusta. Dijo cuando terminé de firmar. ¿Ves que nos vamos entendiendo? Decime el teléfono de un familiar.

Le di el fono de mi hermana.

El tipo lo marcó y dijo.

Quería hablar con la esposa de Strucchi

Mi hermana, dije, pero no se retractó.

Habló él:

No sé si usted estuvo enterada de los desmanes de la Plaza de Mayo, bueno, el joven Strucchi quedó detenido por ser participante directo. Se encuentra en la comisaría Quinta.

      Y luego cortó.

      Después me devolvieron a la celda y siguieron llamando de a uno.

      El gordo que trabajaba en la panadería había leído la causa íntegra y comentó que estábamos hasta las bolas. Que nos acusaban de ser autores de la destrucción de unos 80 autos y 20 comercios. Por suerte cayó algún familiar de alguno con un par de gaseosas y unos sandwiches de estación de servicio. Increíblemente se lo dieron y el tipo lo repartió y todos comimos. No hablábamos mucho.

       Uno de los 9 que estaba en la celda tenía problemas, no tenía documento ni ningún familiar. Un morocho de tez oscura y pelo corto que había desterrado del vocabulario algunas letras, por lo que era difícil entenderle. No sé si tendría también problemas de concentración o quizás era una víctima de la pobreza, mal alimentado de chico el cerebro no le funcionaba como a los de su edad. Tenía 19 años y había venido de Santa Fé. Ahora vivía en la calle, y al parecer había caído detenido unas cuantas veces. Era el que estaba adelante mío en la fila, que tenía ganas de mear. Luego se había tirado a dormir y ahora hablaba como si estuviese fumado.

    -. Eeeee, loco no sé, porquéee me tiraron acá, si yo no estaba en ninguna...

    -. Nadie estaba en ninguna.

    -. Pero loco, si yo a estoo los conozco a todoo... No sé loco, yo estoy parando en el once, y vi que toda la gente venía para acá y me mandé... una masa, estaba de fiesta... Y estos hijo de puta me vienen a bardiar...

    Por lo que escuchaba pensé que el chabón era un chorrito, y que ese día no había salido con esas intenciones, entonces le pregunté:

     ¿Vos salís a chorear?

     Nada. Boludece. Pero yo no salí a hacer ninguna. Yo a esto los conozco a todo.

     Podía preguntar esas cosas, estando en la cárcel teníamos un poco más de igualdad.

     Después de que todos fuimos llamados empezó a entrar la mañana de lleno. Ahí hubo unas 3 o 4 horas en que no pasaba nada. Nada. En un momento casi flaqueo. No sabía que carajo hacer. No tenía nada de ganas de conversar con nadie, sólo quería salir. Pensaba en el auto, seguramente estaría estacionado en un lugar prohibido durante el día y me lo llevaría la grúa y no iba a ser por culpa mía, les mencioné ese problema a los policías, pero no pareció importarles en absoluto. Me agarró verdadera preocupación, caminaba por la celda como un tigre enjaulado, sacaba los brazos por la reja y gritaba que me traigan los cigarrillos, pero de nada servía. Pensé que quizás nos dejarían ahí chupados de por vida. Todo lo que estaban haciendo era cualquiera, y nada indicaba que dejaran de hacerlo, no conocía las leyes, pero era ridículo pensar que la ley prohíba fumar. Era ridículo pensar que la ley no contemple un lugar para hacer pis. 9 tipos metidos en una minúscula celda, a punto de cumplir las 12 horas no sabíamos porqué mierda estábamos ahí metidos. No podíamos siquiera tomar un vaso de agua. Pensé en donde estaba metido. Me acordé de un libro que había leído hace años en el que Charles Duchoisis caía preso en Irán y el cana lo bardeaba. Yo no estaba en Irán. Estaba en Argentina. ¿Qué diferencia había entre un país y otro? Ninguna. Simplemente que nuestra ropa era occidental. Charles Duchoisis relataba el infierno de su celda y yo miraba las bondades de la mía. Mi celda Argentina inmersa en los países occidentales repletos de garantías y derechos humanos. Mi cerebro universitario. Mis sandalias de cuero argentino. Charles era un europeo pidiendo a gritos comunicarse con la embajada, o que por lo menos le traigan un poco de heroína para picarse. Charles pedía heroína y se lamentaba que no puedan suministrársela, a él! A un adicto europeo la policía iraní no le daba las dosis correspondientes para satisfacer las demandas de su cuerpo. Recuerdo que leía eso y pensaba en lo injusto que era el mundo. ¿Cómo puede ser que no le den la droga si él era europeo y era adicto? ¡Qué mierdas de tipos son los canas iraníes! Pablo Strucchi era un argentino pidiendo a gritos que lo dejen fumar. Pero nada. No era tan grave eso. Nada era grave. Se me ocurrió pensar en la dictadura militar. Hace 20 años me hubiesen directamente matado por haber hecho un cuarto de lo que había hecho. ¿Qué había hecho? Había salido a la calle con un bongó. Parece ser que era un delito grave. Pienso en mi ingenuidad. Pienso en que muchos leerán esto y dirán: bueno, boludo, saliste en Argentina a protestar, vos te lo buscaste. Pero eso poco me importa.

Entra un Rati a la celda, el mismo rubio de pelo corto que me tomó la declaración, va directamente hacia el chorrito y le dice:

Que mierda estás haciendo en mi zona, sabemos muy bien que vos estás en el Once. ¿Qué carajo venís a joder acá?

El pendejo era un  imbécil. Apenas sabía responder. EEEEEE, no séeeee, loco, yo los conozco a todo.

Todo lo que parecía conocer era una mierda. Conocía a los ratis y a la forma de tratarlos para que no jodan sus pequeños choreos. Eran todos de la misma mafia. Les chupaba un huevo que el gobierno esté tranzando con los Estados Unidos para darle 10 millones de nuestro dinero a cambio de un millón para el bolsillo del gobernante. Lo que pasa es que era raro. De golpe todos veíamos como ocurrían las cosas y no sabíamos como carajo hacer para que la mierda deje de brotar. Todos seguíamos inmersos en el retrete. Un amigo mío, que trabajaba de taxista, me aseguraba, que si el turco le ponía una luca, él era capaz de llevarlo al infierno y esperarlo en Bernal, que se haga sobar el ganso por una piqueterita de 14 años.

Argentina estaba podrida. Estaba mostrando las miserias en crudo. Pero el mundo estaba podrido. Argentina no era más que un leproso con sífilis y acné conociendo su cuerpo. Un pedazo del mundo que escupe sus desperdicios explotando como un grano. Y la grasa rebalsa. Un chorizo de casi 5 centímetros de largo emana del hombro del mundo reventado por dos uñas, una uña comunista y otra uña norteamericana. Y la grasa rebalsa y se escapa toda la mierda. Y el grano fluye. Al grano le chupa un huevo que lo revienten o lo dejen salir. El grano vive su propia vida. Vive, si es necesario, y si no se muere asesinado y deja su propio material en crudo. Expuesto a los ojos del mundo. Biafra, Chernobil, Palestina, Tucumán. Granos de pus producidos por la ingesta de hamburguesas. Sólo hay que fumar unas paraguayitas y comerse una o dos dominicanas con chile y el cuerpo se cura. Regalale un domingo a la argentina, pero el sábado a la noche escabiate con brasilera. Empezamos con unas ecuatorianas a la tarde y amanecemos en Venezuela escuchando unos ritmos cubanos, y te aseguro que todo va a andar bien. El estúpido policía que bardeaba al pendejo imbécil nada recibía, simplemente la posibilidad de hacerse de un ascenso. Un ascenso para poder recibir los 20 por semana que le iba a dejar este tarado. El chabón no hacía más que adueñarse un chorrito. Quizás veía en él a un potencial cómplice. Nada me era descifrable de las comunicaciones de miradas que realizaban para concretar los pactos policía-ladrón. Simplemente volvía a pensar: Fuera de aquí. Fuera. Váyanse a hacer sus pactos oscuros fuera de mi vista y de la vista de TODOS. Y hagan su puto pacto entre ustedes dos y tengan a 4.999.999.998 en el mundo que esté en contra vuestro. Bush y el Diablo dándose la mano. Imbéciles.

No sé que pasaba afuera, pero dentro de la comisaría todo se empezó a enrarecer. Nos abrieron la puerta de los calabozos, por lo que podíamos ir de uno a otro y comunicarnos con la otra mitad de la gente, la que todavía no habíamos visto.  Otro tanto de ingenuos igual que nosotros, había uno que era corrector de libros, cuando lo dijo, todo parecía confirmarlo. Su modo de hablar, sus manos limpias, su ropa, su peinado... hasta me daba lástima que el pobre tenga que padecer tales improperios. La sensación era de que en cualquier momento nos largaban, de golpe llaman a uno... a otro..., pero volvían.

Tocaba el turno a la fotografía. Ahora nos llevaban al patio y nos sacaban dos fotografías, frente y perfil. Todo fluía más rápidamente, mientras unos se iban a sacar las fotos, otros pasaban a tocar el pianito en las 5 planillas por segunda vez, y otros repetíamos la visita al médico. No sé como corrían las noticias, porque cuando a mí me tocaba salir, no me enteraba de nada, pero siempre volvía alguno que traía buenas nuevas. Parece ser, que toda la detención que nos habían hecho, era cualquiera, que la represión había sido cualquiera, y que todo había sido cualquiera. Había renunciado el ministro de economía. Eso parecía ser lo importante. A mí realmente no me produjo nada. Estaba tildado. Pasado de sueño. Ya mi cerebro no respondía en sus plenitudes, es que tenía un cerebro muy activo. Mi cerebro permanecía en estado de ebullición el 70 por ciento del tiempo que estaba despierto. Cuando yo me acostaba a dormir, me dormía de toque, y pocas veces el cerebro me trabajaba durante el sueño, la mayoría de las veces, quedaba fulminado, por lo tanto, si mi cerebro se quedaba despierto durante la noche, a media mañana le era muy difícil su funcionamiento óptimo, y pasaba a tener decisiones y observaciones que no le demanden el más mínimo trabajo. Guardar los momentos en el cajón de los recuerdos era una de las cosas que más rápido dejaba de hacer, me acuerdo del momento ése de una manera distinta a toda la estadía en la celda. Recuerdo que la policía dejó para lo último las dos fotos de los golpeados, y cuando por fin se las fueron a sacar, alegaron que no tenían rollo (¡La seguían hasta el final! (y eso que era sólo el principio)). Los mandaron a comprar rollo y nos retuvieron por una media hora más, pero ya estaba todo dicho... le ley jugaba de nuestro favor.

Me largaron a las 4 de la tarde y ver el sol fue como ver a un hombre comiendo de la basura para hacerme acordar que hay gente que tiene hambre. Increíblemente mi auto estaba ¡enfrente de la comisaría! Mientras lo ponía en marcha pensaba en el bongó. Hijos de puta. Lo pedí al irme, pero me dijeron que si no estaba declarado, era imposible recuperarlo. Un bongó cubano. Hecho en Cuba. Ojalá que vayas a la casa de ese hijo de puta y logres transmitirle a su hijo toda tu sabiduría, bongó. Ojalá puedas hacerlo llorar tu sangre...

Decidí evitar la radio AM, por lo que mandé directo a la FM y me apareció la Rock & Bost. Estaba un tipo hablando de los desmanes del país y me aburrió. Decidí poner un caset. Ejercito de Boludos, Ejercito de pelotudos, que guardan las latitas para reciclar. Que me importan las ballenas, que me importan los pingüinos, yo quiero a un ejercito de locos que me saque de esta tumba. Tumba!!. Realmente me parecía una pelotudez esa letra, pero tampoco tenía ganas de pensar tanto. En la onda verde de la avenida Córdoba todo parecía fluir como colocado adrede dentro de la escena. Con tanto viento no se puede ni armar, con tanto frío no se puede pensar, por eso digo que hay que legalizar la marihuna que no hace tan mal, como cuando te encarcelan, como cuando te la daaaaaAAANNN!!!, CHAAANNNN CHAN CHANCHAAAAN!!!.

Llegué a casa y llamé a mi vieja y le dije que estaba bien, luego llamé a mi hermana y posteriormente a mi viejo. Había gente en donde yo vivía, y me atendieron ofreciéndome todo lo que podían. Lo tomé. Agarré todo eso y lo usé. Les dije si por favor, me podían hacer una comida. Mis amigos se portaron 10.000 puntos y la hicieron. Todo era raro. Era un día jueves y parecía feriado.

 

este escrito está publicado en Trabajo Amor Política Predicciones y es uno de los 20 que lo conforman. T.A.P.P es el décimo libro de P. S.  para conseguirlo escriba al  4730-2159 (bs as) diciendo: "me interesa" (se entrega gratis en capital y gran buenos aires, sino 7$ + envío)

Escribe Diego Arbit

   A Pablo nos lo encontramos Guillo y yo una noche en la Placita de Serrano, en realidad él venía a vernos, quería darnos su nuevo libro, yo lo recibí como siempre lo recibo, con una cierta ironía, por una extraña razón toda su figura baqueteada me hace olvidar que Pablo Strucchi es un gran escritor, quizás uno de los mejores de nuestra generación. Con Guillo nos colgamos muchas veces hablando de lo bien que trabaja la prosa Pablo, de la capacidad que tiene para describir y sostener, y sostener una situación, hasta llevarla al límite, hasta que ya no quede más jugo para sacarle.     
     Cuando Pablo me dio su nuevo libro esperé encontrarme con un libro más de él, un Bukouski criollo que alterna grandes textos grandes cuentos excelentes poemas al estilo del antes nombrado, con textos menores. Pero como me aclaró que esta vez era una novela tuve que suponer que se parecía a su anterior y primer novela, Ofir. Pero no era así, o sí era así. Este nuevo libro es todo lo que había leído de Pablo, pero mejor. Pablo consigue hacer algo que venía contando en sus libros anteriores pero muchísimo mejor, homenajear a las agrupaciones independientes, a los grupos barriales políticos y culturales, a los grupos de resistencia en general de la mejor forma posible, mostrándolos como son, riéndose del cuelgue argentino y llevando ese cuelgue ese desorden y anarquía que tiene el argentino a situaciones épicas, increíble. Pablo hace que uno no pueda creer lo que está leyendo, obliga al que lee a leer en voz alta una parte, muchas partes de ese libro a otras personas, porque el libro está muy bueno, tan bueno que me obliga a hacerles saber que Pablo Strucchi existe, y escribe libros, pero casi no sale a venderlos, edita de a cincuenta ejemplares y cada tanto los vende. Su forma de intentar llegar al público es desastrosa, casi tan desastrosa como es la edición de cualquiera de sus libros. Por ejemplo, el libro nuevo es una novela de 220 páginas fotocopiadas, cosidas a mano, su tapa consta de cuatro dibujitos y/o fotitos pegadas sobre un papel blanco, su título es "Trabajo amor política predicciones". Uno de los peores títulos que se le puede dar a un libro, (si no es un libro de Orangel), es posiblemente el que acabo de nombrar, pero así nombra Strucchi a este libro, y este libro con este nombre horrible quiero recomendar, y NO OTRO. Pablo hizo una edición de 50 ejemplares de Trabajo amor política predicciones, para comprarle ese libro tienen que llamar al 4730-2159 o mandar un mail a a elasunto@gmail.com Le dicen quiero Trabajo amor política predicciones, si les dice que agotó ese libro le dicen que quieren ese y nada más que ese, para empezar, que después le compran los otros. Sería justicia si Pablo tiene que reeditar el libro para mediados de noviembre.

 

 

 

 

 

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