última actualización 15/5/3
5to ciclo de 20 días ckuen

 

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fotografía tomada por P. Strucchi en Villa Maipú

Conurbano

140pgs

7 cuentos cortos y uno largo, del cual se está organizando un largometraje

2002

6$

¿Dónde conseguirlo?
recíbalo en su casa
.
AntiDomingo
Bar el Mojón (uriarte 2180)

 

 

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DIVORCIO

 

Enrique Benitez carga la camioneta con los diferentes pedidos que le hicieron sus clientes en la semana. Está amaneciendo en Munro #, igual que en todos los barrios del conurbano bonaerense. Es un día sábado de noviembre y amanece bastante temprano.

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El Piru se está acostando, tuvo una noche agitada, regresó sano y salvo, pero ni hizo un peso.

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Enrique se acuerda mientras cuenta los 12 bultos del supermercado del chino Wang, que le había prometido a Violeta, la dueña del todo por 2 pesos de la vuelta, que le iba a alcanzar 24 escobas antes del mediodía, el pedido no está preparado y es Berta, su mujer, la que debería haberlo hecho. Enrique aprieta sus muelas y comprime toda la carne pegada a su cara mientras piensa con bronca: <La puta madre, porqué mierda no me lo preparó>
Se dirige hacia la habitación y la encara de una, sin importarle una garcha que la mina está durmiendo:
<Berta, ...
...Berta, escuchame>
<MMMM> dice Berta
<¿Dónde están las 24 escobas de Violeta?>
<¿Qué?>
<Que te pasé un pedido de 24 escobas y te escribí urgente, ¡No puede ser que a las seis de la mañana yo me tenga que estar preparando los pedidos!>
<¿Qué escobas?, no sé..., no lo vi>
<Un pedido que te pasé ayer y te puse urgente!>
<¡Pero me lo pasaste ayer a la noche!> dice Berta mientras se despierta horriblemente.
<¡Te escribí bien claro URGENTE! ¿Sabés lo que es URGENTE?>
<okey, okey, ya te lo preparo>
Berta se levanta mientras Enrique le sigue recriminando por no haber obrado como correspondía. Bajan juntos la escalera y se dirigen hacia el garaje. Una vez ahí, Enrique sigue cargando cajas a la vez que controla que tengan la factura que les corresponde. Mientras tanto, Berta agarra dos paquetes de doce escobas plásticas de 1,40 c/u y las pone sobre la mesa de los pedidos. Ambos respiran un prolongado silencio cargado de mal humor. Aunque el mal humor de Enrique es mucho, logra incrementarlo un poco más al darse cuenta que falta hacer la factura con IVA del pedido de Marcelo Brower.
<¡Dónde está la factura de Brower! ¿No te das cuenta que me tengo que ir??!!>
Berta se acuerda que la había hecho y responde con una pizca de seguridad: <Ahí, junto con las demás>
<Sí, pero falta la factura con IVA>
Berta mira desconcertada e intenta en vano buscarla. La factura no está debido a un error suyo, se siente una inútil y se pone mal.
<Disculpame, Enrique, ahora te lo hago> dice casi temblando pero tratando de ocultarlo.
Esa disculpa le da pie a Enrique para recriminarle su ineficiencia, y mientras le cuestiona se queda parado al lado de la computadora esperando que su esposa haga la factura. Berta agarra el remito de Brower y comienza a ingresar los códigos de los artículos. Presionada por la mirada de Enrique comete dos errores seguidos al ingresar la cantidad de trapos de piso.
<¡¿No te das cuenta que son 24?!!!> la increpa Enrique <Dejame que la termino yo. Salí>
A Berta casi le dan ganas de llorar, pero se contiene y se aparta de la máquina. Enrique termina la factura como corresponde y cuando intenta imprimirla se le traba el papel en la impresora.
<¡Esta mierda...!> dice ya casi al borde del colapso <¡No se puede hacer todo a último momento!!>
Mientras destraba el papel, ve a su esposa ahí parada sin hacer nada y le agarra más bronca.
<Y vos qué hacés ahí parada!!, ¡Andate!, Dale andate. ¡Haceme el favor!>
Su esposa se va a la cocina y se sienta en la mesa que usan para comer todavía con el camisón puesto, y con la mano derecha apoyada sobre el ojo se pone a llorar en silencio y sin lágrimas. Luego escucha la camioneta de Enrique que arranca y se pierde en la mañana. Pone la pava en el fuego, y mientras espera que se caliente, lava las tazas de café que habían usado después de la cena anterior, el resto de la vajilla la había lavado mientras se calentaba el agua para el café nocturno.
Enrique lleva la agenda abierta en el vacío asiento del acompañante de la camioneta, tiene pensado entregar doce pedidos en esa mañana, pero a las ocho menos veinte, recién está pagando el peaje en Debenedetti #.
<No la soporto más, ¡La puta madre!> es lo que ocupa su cabeza en los momentos en que se pierde en el manejo. <Me voy a separar, sí. En cuanto se dé la oportunidad se lo voy a plantear. ¿Qué pierdo? ¿Alguien que me arme los pedidos? Se puede conseguir por poca guita. Yo le regalo todo. Lo único que quiero es la camioneta, la mercadería y la computadora, me parece que es un trato justo. Que se quede con la televisión, con la casa y con todo lo que hay adentro, que se vaya a laburar de secretaria a ver si puede... Paola ya esta grande, ella lo va a entender. Va a querer vivir con ella. Mejor. A mí me da más disgustos que felicidad, y yo no estoy para convivir con una pendeja...> El motor le pide la quinta y Enrique se la da.
<Me alquilo un galpón por la ruta 8 # y se va todo al carajo... tengo que pensarlo bien, hay mucha gente de por medio ¿No ver más a Estela? ¿Pero qué voy a hacer? No puedo estar casado con alguien porque me cae bien su familia... Hay que pensarlo... hay que pensarlo>
La salida de la Ruta 197 # se le presenta a 200 metros, Enrique sale de la Autopista y enfila hacia Los Polvorines #.


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El Piru duerme como si fuese una rata que hubiera ingerido un cuarto de la dosis letal de su veneno. La cabeza le gira distorsionada de dolor por el vino barato, se despierta a media mañana con una resaca horrible y sólo quiere agua, la toma y vuelve a la cama. El pegamento que inhaló anoche le pegoteó todas las neuronas, pero no consigue pegarle un párpado con otro, y permanece por más de una hora cerrando los ojos con fuerza. Dormita de a momentos, pero es como si no durmiera nada.


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Berta está lavando el inodoro del baño chico cuando Paola se le aparece en camisón delante suyo.
<Qué hacés ma> dice anunciándose mientras se refriega un ojo.
<Limpiando, ¿Qué puedo estar haciendo?>
<Uy, como estamos mami...> dice advirtiendo el tono de disgusto.
<Perdoname hija, pero es que ya no lo aguanto más>
<Qué. ¿Se pelearon de nuevo?>
<No es eso, no pasa por pelearse o no pelearse. Le tengo Odio>
<Pará mamá, no digas eso>
<Pero es la verdad, no sé más que hacer...>
<¿Pero que pasó?>
<No sé, no es un hecho puntual, es uno atrás de otro, hoy fue porque no le preparé un pedido, pero es lo mismo, hubiese sido otra cosa, creo que pasa porque ya no hay amor entre nosotros> dice Berta sentándose en la tapa del inodoro con los guantes amarillos en sus manos.
Paola se da cuenta que la cosa viene para rato e intenta ubicarse neutralmente, aunque es obvio que está del lado de su madre, porque ella considera que su padre es un represor hijo de remilputa. Pero también considera que su madre es demasiado sumisa y carente de carácter.
<Ma... no te pongas mal, es así. ¿Qué vas a hacer?... no sé que decirte, pensá lo que sea más apropiado, yo ya soy grande, por mí no te preocupes... puedo buscarme un trabajo... qué sé yo>
Berta siente con esas palabras que su hija le está dando apoyo a la decisión que tome, pero no se da cuenta que las palabras reales de Paola son: "separate mamá". Así mismo le agrada haber engendrado una hija con autodeterminación y se lo demuestra con un tímido abrazo que Paola toma como tal: Falto de huevos.
Paola casi siente lástima.
<Bueno, mamá, no estés triste...> dice mientras piensa: "Qué carajo hacés viviendo con ese tipo"

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Enrique tiene que entregar el cuarto pedido en el almacén de Brower, dos bultos bastante grandes y pesados. No encuentra estacionamiento en la puerta, entonces para en una entrada de garaje próxima y pasa los dos paquetes hacia la parte delantera, como para que los supuestos ladrones no piensen que tiene mercadería en la caja de la camioneta. Logra encontrar un lugar para estacionar a más de dos cuadras. Y mientras camina se lamenta internamente por el clima de inseguridad en que se vive en el conurbano, y aunque él ya está acostumbrado a realizar este tipo de maniobras, no deja de preocuparse y putear contra los chorros. <Hace diez años estas cosas no ocurrían> piensa con los catorce kilos sobre sus manos.
Cuando llega al almacén, no hay ningún cliente.
<¿Qué hacés Marcelo? ¿Cómo andás?> dice al entrar.
<Bien. ...¿O te cuento?>
<¿Qué pasa?> dice Enrique en tono comprensivo.
<Qué querés que te diga, ya no aguanto más. Ayer me afanaron de nuevo. La segunda vez en el mes>
<¿De nuevo?>
<Sí... Ayer... a las ocho y cuarto de la noche... vinieron dos pibes... vos no sabés cómo estaban, redrogados. Mal> Marcelo hace una pausa esperando inconscientemente un comentario, pero Enrique no dice nada, entonces continúa <Me hicieron tirar al suelo. Uno decía: ¡Matalo! ¡Matalo! Y el otro me apoyaba la punta de la pistola en la cabeza... estoy como loco...>
<Tranquilizate, ya está. Por suerte podés contarlo>
<Sí... ya sé, pero te juro que si tenía el revólver los hacía mierda. En la caja! tengo que guardarlo, yo como un boludo lo tengo en el cuarto...>
Mientras habla entra una clienta de entre 35 y 40 años y Marcelo cambia considerablemente el tono de su voz para decirle: <Buen día> incluso llega a pensar que se zarpó al pronunciar la palabra "boludo" pero no piensa más. La mina pide 100 gramos de jamón, 100 de queso y dos pebetes.
Enrique carbura su cerebro con en el afano, pero no le dura mucho su concentración porque se pierde en el escote de la mujer, lleva un vestido apenas por encima de las rodillas, pasado de moda, con breteles anchos y flores grandes, pero bastante escotado. El ángulo de mirada de Enrique pasa justo por encima del hombro hacia los pechos, incluso se adelanta unos centímetros para lograr una mayor perspectiva, y descubre en la flojera del vestido que la mina no tiene corpiño. Hay kilos de más, eso es obvio, pero los kilos que sobran también se fueron a las tetas y se ve una buena parte de la carne. Enrique las mira de reojo mientras espera. Cuando la mina levanta el brazo para pagar, Enrique trata de mirar por el otro lado, y ve por un segundo el nacimiento externo de la teta, luego, cuando la mujer camina hacia la puerta, Enrique concentra su visión en las piernas y el orto. Pero esa parte realmente no valía nada.
Una vez que la mujer se fue, minimiza sus pensamientos libidinosos preguntando detalles sobre el atraco:
<Che, ¿Y te afanaron mucho?>
<Trescientos y pico de mangos>
<Qué garrón. ¿Hiciste la denuncia?>
<¡Qué voy a hacer! Al pedo>
<Sí, la verdad, seguro que hasta los manda la policía>
<No sé, no sé, pero así no se puede vivir, te juro que nunca pasé algo tan feo, les di todo, hasta lo que tenía en la cajita, ...y querían más, me hicieron cerrar el negocio... y se quedaban... ¿Entendés?, SE QUEDABAN... cargaron en un bolso botellas de vino... En vez de J.B. # cargaban Santa Ana #... ¿Entendés?, después, mientras uno me apuntaba, el otro tiraba mercadería al suelo y me preguntaba donde tenía la gruesa, y yo les había dado todo, y los pibes no se iban. Uno se sentó ahí y se abrió un cartón de vino y lo tomaba... ¿Entendés? Quince años deberían tener... Si tenía el revólver te juro que los hacía mierda, porque a esos pibes no hay cárcel que los aguante, ya vienen mal del principio...>
<Sí, es verdad, esos pendejos no se recuperan más, habría que eliminarlos a tiempo, encima, por esa gente, uno está pagando impuestos para mantener cárceles y hospitales... hasta la luz hay que pagarle a esos hijos de puta...>
Marcelo no contesta nada, no sabe muy bien lo que quiso decir Enrique, entonces este último continúa con su teoría, que ya fue pensada con anterioridad y siempre trata de comunicarla apenas se presenta una oportunidad:
<Sí, es así. Vos mandás tus hijos a un colegio privado y tenés una medicina prepaga, yo también. Si se eliminaran a unos cuantos, todo andaría un poco mejor, no digo que a todos, pero hace falta eliminar a bastantes, porque yo no tengo porqué estarle pagando el hospital a un tipo que entra con una herida de bala porque me quiso afanar...>
<Sí, tenés razón, nunca lo había mirado desde ese punto de vista...> eso le hace acordar en la inutilidad de tener el arma en su habitación y descarga una nueva frase autorrecriminándose su estupidez <¡...cómo no tenía el arma en la caja! Ahora ya la puse acá (y se la muestra), estoy seguro que esos hijos de puta van a volver. ¿Y sabés que fue lo peor? la vecina de enfrente, la de la panadería, vio que había algo raro y llamó a la policía ¿Sabés cuanto tardaron en venir?
45 minutos> Se auto responde <Y están a cuatro cuadras. Yo no lo podía creer...>
<Lo que pasa es que son todos cómplices, antes los canas cobraban cometa por las "chicas" y la quiniela, pero ahora cobran por los afanos y la droga... y hasta le dicen donde tiene que ir a robar ¿Entendés lo que es eso? La única salida es la pena de muerte>
<Sí. Lamentablemente es así. Esperemos que ahora con Ruckauf # cambien un poco las cosas, va a robar plata, eso es así, pero por lo menos prometió mano dura con la delincuencia... y a mí que me importa que robe, todos los políticos roban, pero este parece que va a cambiar un poco las cosas...>
Enrique tiene una relación comercial con Marcelo de más de diez años y a esta altura lo considera un amigo, han compartido más de un asado en el verano, Marcelo alquila siempre en la segunda quincena de febrero una casita en Santa Clara # y Enrique es dueño de otra en el barrio Alfar #. Dos o tres veces por verano, se juntan siempre con sus respectivas familias a disfrutar de las veladas, así mismo Enrique debe seguir entregando los pedidos, y Marcelo es de dar charla. Entonces aprovecha un silencio y corta la conversación delincuencia:
<Marcelo, nos ponemos a laburar un poco... sino no llego, te dejo acá las cosas, esta es la boleta que me tenés que firmar> y le alcanza el remito. Marcelo lo mira y responde:
<¿82 centavos los guantes? me estás matando, afiná un poco el lápiz, me los ofrecieron a 70 centavos>
<Pero mirá que estos son de Malasia #, seguro que te ofrecieron los chinos que son mucho más finitos>
<No, no, me ofrecieron los mismos, los Multi Care #>
<¿Quién te los ofreció? ¿Pizzuto?>
<Sí>
<Los que te traigo yo son por derecha. Qué querés que te diga>
<Sí, pero si le pido me los factura>
<¿Querés factura de estos? Yo te la traigo, lo que pasa es que vos no querés pagar el IVA por nada>
<No, pero si me lo incluís en el precio y no me das la factura no me sirve, así por lo menos lo descargo>
<Okey, la semana que viene te la traigo>
<Pero no me cobrés el IVA aparte...>
<No, no. Te los dejo a 82 IVA incluido. Te da más barato>
<Okey, si es así, te los compro a vos, a ese Pizzuto no me lo aguanto, es muy engreído>
<Yo no me voy a poner a hablar de la competencia, ...pero si te contara...>
<¿Qué sabés?>
<Nada, nada. No puedo>
<Dale, si no voy a decir nada...>
<Okey... pero musa ¿eh?> y Enrique hace un gesto como si cerrara un cierre en su boca.
<Me contó uno, que Pizzuto se juntaba en los piringundines de Tigre # con el de los secadores de piso, y parece que ahí hacían los negocios. Hasta que una noche, Pizzuto le propuso fifarse a una negrita entre los dos, y cuando Pizzuto se la estaba fifando, le pidió al de los secadores que se lo clave a él>
<¿En serio pasó eso?>
<Sí, pero no digas nada, por favor que voy preso...>
<Soy una tumba...
...miralo a Pizzuto tan macho que parece...>
<Y... la plata los descontrola...>
En ése momento al local ingresan dos personas, y Enrique aprovecha para despedirse de su cliente diciendo:
<Marcelo: a ver si la semana que viene te portás con unos papelitos, ya estamos por los ochocientos mangos...>
<¿Ochocientos ya? Me parece que me estás currando...>
<Es que si vos pedís, pedís, pedís y no pagás nunca las cuentas de agrandan>
<No llorés Enrique. La semana que viene te preparo el pago>
<Mandale saludos a tu señora>
<Jabru, Enrique, Jabru. Ya llevo 18 años de casado, no te olvides>
<Bueno, bueno, a la jabru, pero vos no te olvides que todavía promete...> y le hace una sonrisa libidinosa.
<Si es por mí, te la cedo, es toda tuya>
<Ya la voy a agarrar cuando te descuides...>
<Tampoco es para tanto>
<Okey Marcelo, chau> responde Enrique como para cortar el chiste y salir del negocio.
Mientras camina hacia la camioneta va sonriendo solo, le agrada tener clientes como Marcelo, le parece que las cosas pueden ir para bien si la mayoría de la gente fuese como ellos, pero su pensamiento se entremezcla con Berta y su sonrisa desaparece <¿Por qué yo no puedo tener una esposa como Mirta> (la esposa de Marcelo) <Todavía conserva el físico de una mujer... Aunque no. Berta también está bien, pero la cosa pasa por otro lado ¿Porqué será tan puta esta vida?>

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El calor es insoportable. El techo está demasiado bajo, y a pesar de que tiene un pseudo cielorraso de telgopor, no alcanza para amortiguar los rayos del sol de las once de la mañana. Las paredes de ladrillos puestos verticalmente logran una intimidad solamente visual hacia los vecinos, porque la intimidad sonora es imposible.
El Piru mezcla su despertar de resaca con un sonido de cumbia que le enferma la cabeza... <debe ser del hijo de puta de la casa amarilla> piensa. Pero nada puede hacer para cortarlo. A parte, sus hermanitos dispersos por la única pieza ya lo obligan a arrancar con el día.
<¡Podés dejarme dormir un rato!> le grita al pendejo de 7 años que le taladra el cerebro al lado de su cama con una maderita que reemplaza a un autito.
El pendejo deja de emitir sonido de escape silems # al instante, pero la madre de ambos emite un chillido:
<Dejalo jugar Braian, son las once y media de la mañana, ¿a qué hora te pensás levantar?>
<¡Quiero dormir! Vieja, por favor, me acosté a las sei...> dice el Piru que en realidad se llama Brian.
<Yo no tengo la culpa si vos hacés la vida al revés, el día está hecho para vivir>
<No me rompás las bola, dejame en paz>
<¡Levantate!> le grita su madre. <Así no me hablás> y lo sacude del hombro
<Pará, pará, no te calentés... tá bien, me levanto>
El Piru se sienta sobre la cama y se refriega los ojos, penosamente se levanta y camina un par de metros hacia el baño y corre la cortina que reemplaza a una puerta. Está quebrado. Mientras mea el primer cloro matutino, se apoya sobre la pared de madera, luego sale con el balde vacío y le coloca una cuarta parte de agua. Lo vuelca en el inodoro.
<¿A dónde fuiste ayer?> Pregunta su madre.
<Por ahí, con los pibe>
<Con quienes>
<Pará vieja, no me rompás>
Sabe que a su madre no le gustan las amistades que tiene.
<Te estuviste emborrachando de nuevo>
<Es viernes a la noche... ¿Qué querés que haga?>
<¿Salieron de nuevo?, decime la verdad>
<Fuimos hasta Torcuato # a un boliche...>
<¿Y después qué hicieron?> lo increpa amenazante.
<Dimos una vuelta por ahí...>
Su madre no alcanza a escuchar la respuesta, su oído materno identifica el llanto de Catriel, su hijo de 4 años, y corre hacia donde proviene. El Piru termina de llenar la pava y la coloca sobre el calentador.
Coloca la yerba en el mate directamente desde el paquete, y apenas llena de polvillo una cuarta parte.
<¡MAAAA!, ¿Hay otro paquete de yerba?>
<No, se terminó> se escucha desde la lejanía.
El Piru camina unos cuantos metros entre pintorescos pasillos de precarias casas hasta que llega a la calle, dobla hacia la izquierda y compra un paquete de Cruz de Malta #. Saca un billete de Cien para pagar, entonces, el almacenero le regaña una deuda de 23,50 que tenía su madre. La paga.

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Este es el principio de un cuento que se encuentra en Conurbano, luego la historia sigue con toma de rehenes incluida. Hay también algunos cuentos y escritos o poesías. Si te interesa tener el material, vale 6$, la entrega es gratuita en capital y gran Buenos Aires, escribí acá que te lo mando, hay otros lugares en el mundo donde se encuentra

 

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